¿No me serviría igual hablar con un amigo, familiar o consejero religioso?

Si bien los amigos, familiares o consejeros son personas valiosas en nuestras vidas, su posición es distinta que la de un psicoterapeuta. Un terapeuta tiene una posición de perspectiva y una formación que permiten una relación única: una relación en la que lo que importa es el crecimiento del paciente y que el paciente adquiera la autonomía y confianza adecuadas para gestionar su vida y emociones.

Entre familiares o amigos hay sentimientos personales que interfieren con la perspectiva del otro (por eso, por ejemplo, no podemos tratar a personas conocidas como familiares o amigos personales: perdemos la objetividad, la distancia necesaria para actuar como terapeutas).

Con un consejero religioso hay una moral y unos principios a los que obedecer o a los que aspirar.

Cada uno de estas personas tienen su sitio en nuestras vidas, y no es más ni menos importante que el del terapeuta; es diferente. En terapia se aspira a que el propio paciente fabrique sus propias respuestas o elija las que desea adoptar.